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La pereza, el peor enemigo de la felicidad

La pereza, el peor enemigo de la felicidad

¿Quieres cambiar, pero el hastío hace que prefieras quedarte cómodamente sentado? ¿Piensas en probar algo nuevo, pero cuando te planteas el esfuerzo que va a suponer decides que es mejor hacerlo en otro momento? Todos pasamos alguna vez por momentos parecidos, en los que nos dejamos llevar por la pereza.

Las razones para sentir pereza son diversas. A veces, se debe sencillamente a un agotamiento físico o mental, o a la mezcla de ambos, por un esfuerzo al realizar una tarea que nos deja sin ganas de hacer nada y hace que pensar en hacer algo nos provoque dolor de cabeza. En estos casos la pereza actúa como mecanismo de defensa para recordarnos que necesitamos descansar para volver a cargar las pilas

Pero en otras ocasiones la pereza es algo a lo que nos acostumbramos, un estado que se ha vuelto habitual que surge al estar habituado a seguir diariamente la misma rutina. Y aunque querríamos cambiar, nos asusta hacerlo. La pereza se convierte entonces en la excusa perfecta para dejar que las cosas sigan igual. y ese es un enemigo al que debemos a toda costa plantar cara, porque si no lo hacemos nuestra felicidad estará en peligro.

Seguro que si nos ponemos a pensar en los momentos en que la pereza ha tomado el control, notaremos un patrón que es común a todos ellos. Problemas a los que teníamos que plantar cara, cambios que deseábamos hacer, riesgos que debíamos asumir… y entonces aparecía la pereza para tratar de protegernos para no vernos desbordados por la situación, normalmente desde un punto de vista cognitivo o conductual.

Son situaciones en las que la pereza trata de protegernos de un cambio que a nuestro cerebro no le apetece tanto, ya que prefiere la comodidad de lo que conocemos a la incertidumbre del cambio.

Pero la pereza tiene como daño colateral la insatisfacción de la persona, pues impide seguir adelante y hace que tengamos tendencia a dar la espalda a decisiones importantes, dejar de lado el probar cosas nuevas, y huir de cambios que podrían resultar muy beneficiosos.

Plantar cara a la pereza
La clave para enfrentarnos a la pereza está en tener la capacidad de dar un pequeño paso cada día, sin intentar hacerlo de golpe, de manera que la situación no llegue a desbordarnos por tratar de forzar la situación. Al principio, a través de retos que no sean demasiado ambiciosos y con los que nos sintamos cómodos, para posteriormente subir el listón y plantearnos retos que vayan un poco más allá.

Con el paso del tiempo y con cada reto logrado, nos sentiremos más satisfechos e iremos saliendo poco a poco de nuestra zona de confort, hasta que un día nos demos cuenta de que nos despertamos siendo más proactivos, menos perezosos, y sintiéndonos más satisfechos.

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